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Viernes, 16 de diciembre de 2005

Koripaity


Aquella estación de lluvias torrenciales significó un antes y un después en la familia.
Ya nunca volverían a ver al pequeño Luís. Fue arrastrado por la corriente. Sus pequeñas manitas llenas de fango no pudieron aferrarse al tronco que había en la calle que formaban el grupo de casas del poblado donde vivían sus padres, Andrés y Esperanza.

Andrés y Esperanza, tenían una pequeña chabola, construida con chapa de zinc, cartón y madera. En el centro tenían una salamandra que calentaba la única pieza que formaba la paupérrima vivienda. Como única seña de identidad, una chapa sobre la puerta de entrada que decía a todo el mundo: “koripaity”, que significa “que tengas un buen día” en aymara, la lengua más antigua del continente sudamericano, y que dejaba clara la ascendencia de la familia. Trabajaban en el campo, recogiendo cacao, café, o lo que se les ofreciera, dependiendo de las necesidades del terrateniente de la zona.

Después de las lluvias, después de perder al pequeño Luís, no había cultivos, no había casa, no había poblado. Así pasaron meses, desconsolados, desamparados, sin nada, intentado vivir de lo poco que daba el bosque, pasando frío, expuestos a los insectos y las serpientes.

* * * * * * * *

El pequeño cuerpo del pequeño Luís, acabó en una llanura inundada, atrapado por los sedimentos vegetales, la maleza y los restos llevados por las aguas. Cuando éstas se retiraron, una capa de limo hizo que fuesen imposibles las tareas de rescate en un país que era pobre antes y ahora lo era más.
La capa de limo y sedimentos quedaron así expuestas a los rayos del sol, al paso de las aves, roedores, y pequeños invertebrados, que pronto dejaron una buena cantidad de semillas de muchas especies de gramíneas, que alimentadas por los sedimentos, entre los que se contaba el cuerpo de Luís, hicieron que al final de la siguiente primavera, hubiese una espesa sabana, que más tarde tendría el color del Sol mismo y la fuerza de los cuerpos de los seres, que a través de la tierra habían compuesto la mejor savia.


* * * * * * * *


Una tarde, Andrés volvió hastiado a la pequeña choza hecha con hojas entre dos árboles donde Esperanza cocía unas raíces. Le dijo: Esperanza, preciosa, aquí no podemos estar más tiempo, recoge la cazuela y las hamacas, nos vamos a la llanura, que allí la tierra se volvió fértil, y hay mucha gente haciéndose una casa. Vamos antes de que no quede sitio.
Y así un día aparecieron en aquel prado, bendecido un año atrás por una serie de circunstancias, que sólo la madre Tierra sabe conjugar.

Allí, escogieron un sitio para su nueva casa, al final de una nueva calle, donde una O.N.G. había conseguido instalar un pozo de agua potable, y el gobierno había mandado una máquina que aplastó las calles, para que tuviesen un firme regular.

Andrés pronto se hizo un hueco en la nueva cooperativa formada por los allí desplazados, que enseguida comenzó a quebrar las tierras del prado, para sembrar maiz, patatas, tomates…
Esperanza se encargó de cortar a la misma medida, los tallos secos de aquellas plantas que la esencia de su hijo Luís, hizo crecer con vigor. Hacía pequeños fardos, mientras que Andrés, cuando volvía del campo, pisaba barro en una zanja. Cuando el barro estaba bien trabajado, ponían dentro los fardos de paja que Esperanza había preparado, y con ayuda de unas tablas usadas como molde, formaban ladrillos de adobe.

En un mes, tenían levantada la casa con tres piezas. Una donde se conversaba, se lloraba, y también, gracias a unos fogones, se cocinaba, y algo, se comía. Una contigua que era el único dormitorio de la vivienda, y la tercera, la más grande, un corral donde , algún día, esperaban tener gallinas y un cerdo. Además allí se guardarían los aperos del campo.

Lo que no sabían es que, por las paredes de aquella confortable casa, donde habían comenzado una nueva vida, habitaba el espíritu del pequeño Luís, en forma de barro y paja, y sol. Y que les cobijaba y calentaba, mejor que muchas casas de ladrillo y cemento, como las que tienen las gentes de las ciudades.
Porque en aquella casa estaba la esencia de la vida que habían creado años atrás.

Al cabo de pocos días de habitar la casa, unas letras aparecieron en las piezas de barro que formaban el dintel de la puerta de la entrada. Las letras no habían sido grabadas, ni pintadas, sino que las formaban ligeras depresiones en los ladrillos, de tal manera que sólo se apreciaban cuando estabas a tres pasos o más de la puerta. Las letras componían una palabra; Koripaity.




En la actualidad, millones de personas no pueden acceder a una vivienda. Mientras tanto Europa emplea el 40% de la energía consumida total, en la construcción de viviendas que luego necesitan grandes cantidades de energía para ser calentadas en invierno y enfriadas en verano, por utilizar materiales que no tienen en cuenta el aprovechamiento racional de los recursos.
El adobe es un material fácil de fabricar, aislante, barato, natural, reciclable, y resistente a los seísmos.
Existen organizaciones que se dedican a ayudar a pueblos desfavorecidos a construir sus casas con este tipo de materiales, y corrientes arquitectónicas especializadas en la construcción en tierra.
Porque un mundo mejor es posible, pero es que además es más fácil conseguirlo de lo que nos imaginamos.


Por: Don Pablos | Escritos | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Creo que lo que no imaginamos es que es posible un mundo mejor por eso pensamos que es difícil conseguirlo. Si cada uno de nosotros ponemos algo de nuestra parte, por pequeño que sea, algún día lo conseguiremos.
Un beso, guapo.

Ironika | 19-12-2005 22:46:11

Claro que es posible. Y claro que empieza a serlo cuando lo soñamos...

¡Feliz Navidad!

Besos con sal a ambos

mad | 23-12-2005 12:42:55

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