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Martes, 30 de mayo de 2006

Casi no recuerdo.


Casi no recuerdo el frío, los flashes, el crujir de las mantas térmicas. Tenía cinco años. Viajé durante muchas millas en brazos de mi madre, rodeados de otras personas. En una seca primavera, el agua del mar no era ningún motivo de felicidad. Tampoco puedo recordar, porque en ese momento no las comprendía, las miradas de miedo, de incertidumbre de todos. Es todo como un mal sueño, confuso, borroso. El vaivén de las olas. Más frío, miedo.
Mi madre me cantaba antiguas canciones de nuestros antepasados. Alguien la mandó callar en más de una ocasión. Eran canciones de la sabana. Del chico que ganó al león cuerpo a cuerpo. De la lluvia siempre esperada. De la cabra que pactó con su dueño una cuota de leche a cambio de conservar la vida. Eran cuentos no escritos, con toda la información necesaria para desenvolverse en la sociedad. Cuentos con alma.
Tampoco recuerdo muy bien por qué de repente estaba flotando en el agua, ni por qué ya no sentía el miedo de los demás. No recuerdo si yo tenía miedo. Seguramente sí, porque mi madre ya no me sujetaba en sus brazos. Seguramente tenía mucho frío.
Seguramente me asustaron mucho los focos de la embarcación de la Guardia Costera española. Tampoco debía comprender las palabras que dulcemente me intentaban consolar provenientes de una voluntaria de la Cruz Roja.
Pero ahora, muchos años después, me ha sido fácil vivir esa situación, en que, hace veinte años, llegué aquí. Gracias a un documental en la tele en que se hace un repaso de las oleadas de inmigración.
He visto mi cara de cinco años. He visto al niño buscando con la mirada a su madre que nunca aparecerá. He visto los cuerpos sin vida que se pudieron recuperar. Después han continuado con imágenes de ahora, con más inmigrantes llegando como pueden. Y han salido políticos como los de hace 20 años, planeando invertir en más medios para frenar la inmigración “no regulada”.
Mamá: yo lo he conseguido. Ahora soy pobre y huérfano en este país.

Por: Don Pablos | General | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Ibrahim nos contaba el otro día que él estuvo esperando seis meses para poder saltar la alambrada, sobreviviendo con lo que podía para comer durante todo ese tiempo. Mientras nos lo explicaba no fui capaz de interpretar lo que había detrás de su mirada, me hubiera gustado adentrarme en ella y ver a través de sus ojos, pero no pude. Y su sonrisa simbolizaba el agradecimiento por estar vivo, por estar en ese momento con nosotros, tomando café, y por poder mandar cada mes un poco de dinero a su familia de África.
Una historia conmovedora Jose.

maite | 31-05-2006 19:55:45


Ayer dejé un pedazo de comentario en este post y se perdió por el camino cuando le dí al enviar. :(

La tragedia es que detrás de toda esta marabunta de gente que quiere llegar al primer mundo lo por huir de las guerras y las mafias de sus países, no por falta de recursos. En fin..

Un saludito para la maitetxu, que hace siglos que no la veo el pelo. :)

Burdon | 02-06-2006 00:50:02

Ufff...no nos hacemos una idea de la tragedia humana que supone lo que cuentas en la historia de este post. La televisión nos ha anestesiado de tal forma que ya no vemos que detrás de cada emigrante hay una historia personal de lo más jodida. Un placer descubrir tu blog. Un saludo!

Alfaro | 20-06-2006 19:47:17

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